Llegué al desierto buscando silencio, pero me encontré con una voz, la mía.
Todo era silencio.
Sólo escuchaba una voz que me hablaba como si se tratase de un murmullo antiguo,
que reconocía,
que no me resultaba extraña,
que me rondaba desde hace tiempo,
que ya entendía.
A mi alrededor, las dunas se extendían como olas detenidas en el tiempo, suaves y rotundas.
Y en su aparente quietud, parecían moverse con un movimiento constante, invisible, paciente.
El viento no cesaba; cambiaba de forma, de intensidad, de intención, de direccion.
El sol calentaba mi piel.
Y yo, que en esos días me encontraba hasta el borde de mí,
lleno de preguntas y de sombras,
empecé a sospechar que allí encontraría algunas respuestas.
El desierto, en sus primera horas me incomodó con su vacío.
No sentía referencias, no había ruido, no había distracciones.
Solo espacio. Sin tiempo.
Un espacio tan abierto que parecía atravesarme.
Me di cuenta, con esa experiencia, de cuánto necesito llenarlo todo:
la agenda, la cabeza, el corazón.
Allí no podía.
Ni lo necesitaba.
El desierto tan solo me obligaba a estar.
Sin más...
Estaba sin tener que demostrar nada.
Estaba sin tener que huir. Ni atacar.
No me resistí a su infinitud, a sus límites desconocidos.
Medité. Respiré. Sentí.
Por mi mente pasaron mis padres, mi amor por la vida,
las relaciones actuales y pasadas, el uso de mi tiempo, mi profesión, ...
El desierto no entiende de expectativas. Y eso me ayudó.
Descubrí, moviéndome entre sus dunas, que ya llevaba un tiempo,
un poco lejos del protagonista principal de mi vida: conmigo mismo.
Me había dejado llevar por el personaje que creía ser.
¡Que absurdo!
Me senté sobre la arena tibia,
dejé que el cuerpo encontrara su postura,
y por primera vez en mucho tiempo, no quise llegar a ningún sitio.
No necesitaba un fin.
Ni necesitaba mejorar, ni sanar, ni comprender nada.
Solo estar ahí, respirando, sintiendo el roce del aire,
el calor que subía desde la tierra.
La temperatura excesiva de un sol radiante.
Me llegó una revelación, una certeza que ya conocía,
pero no conseguía superar:
no tengo que demostrar nada a nadie, ni convertirme en nada.
Ya soy. Ya estoy.
Hay algo en mí, y así lo escribo, y así lo cuento,
que ya sabe donde habita lo importante, lo esencial;
que comprende su sentir, que sabe orientarse por sí solo.
Algo que no necesita control.
Ni la aprobación de otros.
En mí ya hay libertad absoluta.
Y elección.
Y amor.
Quizás por eso era el momento de haber llegado hasta ahí.
Quizás por eso me encontraba bajo ese sol radiante y esa arena dorada, que cegaba.
Con esa paz y esa sonrisa ni impuesta.
El desierto, y sus dunas, no me dieron todas las respuestas,
pero sí me quitaron algunas capas de roña mental que me sobraban.
Capas de prisa.
Capas de autoexigencia.
Capas con exceso de ruido.
Capas repletas de expectativas.
Capas de autoengaño.
Y debajo de todas ellas, encontré una presencia más desnuda, más honesta.
Más viva.
Caminé durante horas.
Mi cuerpo se cansaba, a la vez que mi mente se aquietaba.
En ese ritmo lento, casi primitivo, empecé a notar detalles que antes me pasaban desapercibidos:
la textura distinta de cada duna,
el sonido fino de los granos de arena desplazándose,
la temperatura cambiante del aire según avanzaba el día.
Todo era simple, no necesitaba complejidades; nada era banal.
Todo estaba allí para algo.
Por algo.
Desde la flor solitaria en medio de la nada, que había nacido en la arena,
hasta las caracolillas que no sé cómo habían podido llegar desde el mar,
tan lejos, hasta allí.
Ni cuando.
Así, de la misma forma, llegan a nuestras vidas esas lapas,
esqueletos en modo de patrones o creencias
que no sabemos de donde vienen, ni por qué.
Y que tantas veces se quedan ahí a vivir ahí, con nosotros para siempre.
Me di cuenta de que mi vida, fuera del desierto, el resto de días,
está llena de complejidades innecesarias.
De decisiones que nacen más del miedo que del deseo.
Y de expectativas que no me llevan a caminos de bienestar,
sino por rutas que sigo por inercia.
Tendría que avanzar. Superarlas.
En medio de todas estas observaciones, surgió una pregunta incómoda:
¿Y si me plantease vivir de otra manera?
No nació como una huida,
sino como la necesidad de elegir aquello que me está esperando.
Que me habla a gritos desde hace algún tiempo.
Descubrí en el desierto, y en su profunda soledad y silencio,
que ese espacio no te dice qué tienes qué hacer,
tan solo te muestra lo esencial, lo básico, lo conocido y escondido, tapado,
para que uno mismo lo descubra en el momento preciso.
Eso sí, cuando se revela, ya no puede ignorarse.
Casi al final de mi instancia en el desierto,
bajo un cielo desbordado de luz intensa y cálida,
sentí algo difícil de nombrar.
No era una emoción, no era un pensamiento.
Era una especie de alineación con el universo.
Como si todo estuviera, por un instante, en su sitio.
Yo incluido.
Pensé en todas las veces que me he sentido perdido este año último,
buscando señales fuera de mí,
esperando certezas que no eran más que expectativas creadas por mi mente,
acumulando un gran exceso de información innecesaria.
Y allí, en medio de la nada, con la mente perdida,
comprendí que quizás la orientación no depende de una brújula,
sino de la auténtica auto-escucha. De uno mismo.
De ese impulso sutil que a veces ignoramos.
De esa intuición que nos grita de forma insistente, a la que no hacemos ni puñetero caso.
De esa dirección interna que nos mueve, aunque no siempre entendamos su lógica.
Volví distinto.
Con tan sólo unas seis horas de experiencia desértica.
No transformado de manera espectacular, pero sí distinto, como desplazado por dentro.
Como si algo se hubiera recolocado.
Y ahora, mientras escribo esto, sé que sigo teniendo dudas.
Sigo teniendo miedos.
A su vez, también tengo un recuerdo corporal en mí que me permite
plantearme que sí puedo crear otra forma de estar en el mundo,
este tiempo que me queda, mucho menos del ya vivido.
Una forma más abierta, más presente en mí, y con un futuro nuevo por hacer.
Me pondré en movimiento.
Dejaré que el soplo me active.
El desierto me enseñó que no necesito tener todo claro para avanzar.
Que esta forma de vida es parte de mi normalidad.
Tal cual.
Que puedo caminar sin mapa, si estoy dispuesto a escucharme.
Que mi vacío no es mi enemigo, sino mi verdadero espacio fértil.
Y que, al final, siempre hay un viento interno, en el desierto o no,
una fe que me pone en movimiento...
Y en ello estoy.
Desde aquí, con este nuevo soplo, parto de nuevo.
Todo por hacer.