CUANDO NOS DEJAMOS DE MIRAR
2/9/2026
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2/9/2026

Desde que existen los smartphones, nos miramos cada vez menos a los ojos.
La mirada se nos escapa hacia una pantalla.
Muchas veces sin buscar nada.
Solo deslizando el dedo.
Pasando de una imagen a otra mientras, mientras que delante de nosotros, alguien espera ser visto.
Un niño busca los ojos de su madre y encuentra a su madre frente a un teléfono.
Una pareja comparte mesa en una cafetería, pero no una conversación, sino pantallas.
Un amigo nos habla mientras nosotros atendemos una notificación que, casi siempre, podría esperar.
Y así, todos perdemos algo.
La mirada construye confianza.
Nos hace sentirnos reconocidos por otros.
Nos confirma que existimos para alguien.
Crea intimidad, complicidad y comunidad.
A través de los ojos percibimos lo que las palabras no dicen:
miedo, tristeza, ilusión, duda, necesidad de ser escuchados.
La mirada es uno de los primeros territorios de la empatía.
No se trata de demonizar la tecnología. Los smartphones nos conectan, nos facilitan la vida y nos acercan a quienes están lejos.
El problema comienza cuando nos acercan a quienes están lejos mientras nos alejan de quienes tenemos delante. Cuando sustituimos la conversación por mensajes de WhatsApp. La presencia y disponibilidad por ausencia. El encuentro para conectar por la conexión con personas desconocidas. Los ojos del otro por una pantalla.
Si dejamos de mirarnos, dejamos de resonar.
Y si dejamos de resonar, el otro empieza a convertirse en alguien lejano, incluso cuando está sentado a nuestro lado.
Quizá uno de los grandes actos de resistencia de nuestro tiempo sea muy sencillo:
Guardar el teléfono cuando toca.
Levantar la cabeza y mirar a los ojos.
Conversar.
Cuando perdemos la mirada, no solo perdemos la atención,
perdemos al otro