“Envejecer es aprender a despedirse”.

He escuchado una reflexión 

de Iñaki Gabilondo en El Faro,

de la Cadena SER, 

que me ha hecho pensar.

 

Dice que envejecer es estar 

permanentemente despidiéndote.

Te despides de capacidades físicas 

que antes tenías. 

De amigos que se van. 

De personas que formaron 

parte de tu vida. 

De determinadas posibilidades. 

De cosas que, sin darte cuenta, 

haces por última vez.

Y tiene razón.

Envejecer es también 

aprender a convivir con las pérdidas.

 

Pero hay otra idea 

que me ha interesado especialmente.

Gabilondo recuerda una metáfora 

que atribuye al cineasta 

Ingmar Bergman: 

envejecer se parece 

a subir una montaña. 

Cada paso cuesta más, pero, 

a medida que asciendes, 

puedes contemplar 

el paisaje con mayor claridad.

Qué paradoja tan extraordinaria.

 

Pierdes facultades, 

pero puedes ganar perspectiva. 

Pierdes velocidad, 

pero puedes ganar profundidad. 

Pierdes certezas,

pero puedes aprender 

a hacerte mejores preguntas.

 

Aunque no siempre sucede así.

Porque cumplir años 

no garantiza adquirir sabiduría.

Hay personas que envejecen 

acumulando experiencias 

y otras que envejecen acumulando prejuicios. 

Algunas se vuelven más comprensivas; 

otras, más escépticas. 

Algunas mantienen intacta 

su curiosidad; otras deciden 

que ya lo han visto todo.

Y aquí aparece una cuestión 

que me parece fundamental:

No podemos evitar

todas las despedidas 

que trae la vida,

pero sí podemos decidir 

cómo queremos relacionarnos 

con lo que todavía permanece 

y con lo que aún está por llegar

por muy mayores que seamos.

 

Me niego a pensar que envejecer 

consista únicamente 

en administrar pérdidas.

También es descubrir 

nuevos intereses. 

Cambiar de opinión. 

Aprender algo que desconocíamos. 

Conocer nuevas personas. 

Enamorarnos de nuevas ideas. 

Reírnos de nosotros mismos. 

Y con otros.

Empezar proyectos que 

no sabemos si terminaremos.

Seguir estrenando primeras veces 

mientras inevitablemente 

vivimos algunas últimas.

La vida no deja de suceder 

mientras envejecemos.

Y porque quizás el verdadero peligro 

no sea perder capacidades, 

sino perder las ganas de utilizarlas. 

No sea despedirnos de personas, 

sino dejar de conocer a otras. 

No sea sentir cansancio, 

sino permitir que ese 

cansancio termine 

convirtiéndose en indiferencia.

Hay algo profundamente humano 

en aceptar que somos finitos.

Pero también hay algo 

extraordinariamente humano 

en nuestra capacidad de seguir 

creando, aprendiendo, 

compartiendo y disfrutando 

mientras estamos aquí.

 

A mí me gustaría llegar 

cada vez más alto en esa montaña 

de la que hablaba Bergman.

Aunque las piernas pesen más.

Aunque haya personas 

a las que eche terriblemente de menos.

Aunque algunos caminos 

ya no pueda recorrerlos.

Y vivir con los ojos bien abiertos.

Con curiosidad.

Con ganas de seguir sorprendiéndome.

Y, sobre todo, 

con la voluntad de no convertir 

cada despedida en una renuncia.

Porque envejecer es, 

inevitablemente, 

despedirse de muchas cosas.

Pero vivir sigue siendo, 

hasta el último momento, 

una oportunidad 

para dar la bienvenida a otras.


Y eso también merece ser celebrado.