ENVEJECER
9/10/2026
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9/10/2026

“Envejecer es aprender a despedirse”.
He escuchado una reflexión
de Iñaki Gabilondo en El Faro,
de la Cadena SER,
que me ha hecho pensar.
Dice que envejecer es estar
permanentemente despidiéndote.
Te despides de capacidades físicas
que antes tenías.
De amigos que se van.
De personas que formaron
parte de tu vida.
De determinadas posibilidades.
De cosas que, sin darte cuenta,
haces por última vez.
Y tiene razón.
Envejecer es también
aprender a convivir con las pérdidas.
Pero hay otra idea
que me ha interesado especialmente.
Gabilondo recuerda una metáfora
que atribuye al cineasta
Ingmar Bergman:
envejecer se parece
a subir una montaña.
Cada paso cuesta más, pero,
a medida que asciendes,
puedes contemplar
el paisaje con mayor claridad.
Qué paradoja tan extraordinaria.
Pierdes facultades,
pero puedes ganar perspectiva.
Pierdes velocidad,
pero puedes ganar profundidad.
Pierdes certezas,
pero puedes aprender
a hacerte mejores preguntas.
Aunque no siempre sucede así.
Porque cumplir años
no garantiza adquirir sabiduría.
Hay personas que envejecen
acumulando experiencias
y otras que envejecen acumulando prejuicios.
Algunas se vuelven más comprensivas;
otras, más escépticas.
Algunas mantienen intacta
su curiosidad; otras deciden
que ya lo han visto todo.
Y aquí aparece una cuestión
que me parece fundamental:
No podemos evitar
todas las despedidas
que trae la vida,
pero sí podemos decidir
cómo queremos relacionarnos
con lo que todavía permanece
y con lo que aún está por llegar
por muy mayores que seamos.
Me niego a pensar que envejecer
consista únicamente
en administrar pérdidas.
También es descubrir
nuevos intereses.
Cambiar de opinión.
Aprender algo que desconocíamos.
Conocer nuevas personas.
Enamorarnos de nuevas ideas.
Reírnos de nosotros mismos.
Y con otros.
Empezar proyectos que
no sabemos si terminaremos.
Seguir estrenando primeras veces
mientras inevitablemente
vivimos algunas últimas.
La vida no deja de suceder
mientras envejecemos.
Y porque quizás el verdadero peligro
no sea perder capacidades,
sino perder las ganas de utilizarlas.
No sea despedirnos de personas,
sino dejar de conocer a otras.
No sea sentir cansancio,
sino permitir que ese
cansancio termine
convirtiéndose en indiferencia.
Hay algo profundamente humano
en aceptar que somos finitos.
Pero también hay algo
extraordinariamente humano
en nuestra capacidad de seguir
creando, aprendiendo,
compartiendo y disfrutando
mientras estamos aquí.
A mí me gustaría llegar
cada vez más alto en esa montaña
de la que hablaba Bergman.
Aunque las piernas pesen más.
Aunque haya personas
a las que eche terriblemente de menos.
Aunque algunos caminos
ya no pueda recorrerlos.
Y vivir con los ojos bien abiertos.
Con curiosidad.
Con ganas de seguir sorprendiéndome.
Y, sobre todo,
con la voluntad de no convertir
cada despedida en una renuncia.
Porque envejecer es,
inevitablemente,
despedirse de muchas cosas.
Pero vivir sigue siendo,
hasta el último momento,
una oportunidad
para dar la bienvenida a otras.
Y eso también merece ser celebrado.